Como muchas veces en nuestro incompresible pero increíble mundo, llegaste por medios difíciles para dar el mejor de los ejemplos, casi como un objetivo existencial. Cuál Príncipe Imposible, apareciste cuando nadie lo halló posible y tu reinado sobre pasó tu existencia. Como los grandes.
Los seres como tú, no resultaban de mi agrado. La responsabilidad que implicabas, no cuadraba con nuestro molde. Las exigencias de tu existencia vinculaban un esfuerzo extra al combate de precariedades. Tu presencia resultaba un combatiente más en las consecuentes batallas por proclamar espacios como propios. A tu llegada, la oposición mantuvo severamente su moción. Si permanecías, sería por piedad y por un tiempo limitado.
El tiempo limitado se tornó perpetuo. Tu permanencia perdió caducidad y obtuviste todos los derechos en casa, cual miembro sanguíneo de la familia. Aunque en ciertos momentos, se hacía presente la preponderancia de tu “portador” tus necesidades, carencias o males se hicieron responsabilidad general. Tu simple forma de ser, tu paciencia, tu candidez, tu serenidad, tu inocencia, tu obediencia, tu lealtad, tu afecto, tu bondad innata sobre-ganó cualquier rencor o disconformidad contigo. Te ganaste el respeto, el cuidado y el afecto general.
Se ha de reconocer, con orgullosos laureles, tu impecable victoria al derribar grandes murallas de pensamientos, gustos y creencias; utilizando armas tan sencillas pero letales, sentimientos puros, sentimientos de corazón, esencia de espíritu. Convertiste en mansos y leales aliados, por no decir amigos, a todos aquellos que pudieron ser tus más férvidos verdugos. Cierto es que la paz y el amor, lo cambian todo.
Admirablemente convertiste al sórdido ogro del norte, mi persona, en tu aliado, en tu defensor, en tu amigo y en tu hermano. Aquel que en el inicio de todo, se opuso imperiosamente a tu estancia; termino, sin embargo, profundamente agradecido por tu presencia y compañía durante las largas vigilias de incesante agobio y tristeza, por tu lealtad al no develar hechos registrados en tu memoria y por estar al lado suyo aun en momentos de debilidad y flaqueza.
En tiempos recientes, al dejar el reino sentí o se irguió en mí la imperiosa necesidad de saber sobre ti. Te convertiste en un miembro más de la familia, en un amigo y en un apoyo. Tengo la certeza que, actualmente muchos de los miembros del reino y yo, incluido, sentimos el haber subestimado tu presencia, tu compañía, tu lealtad, tu afecto y amor hacia todos nosotros. Aunque decir que la convivencia siempre resulta algo difícil es cierto; no sería válida como excusa para no dar el valor que, absolutamente, todo ser merece.
A conciencia declaro que aunque partiste por circunstancias propias del destino, cosas que a veces parecen sin-sentido, cosas que no tienen lógica ni razón de ser; pero están ahí presentes, deambulando por el espacio total buscando el tiempo o momento correcto para ganar existencia propia. Aunque partieses en la forma en que partiste, no se minimizo el sentimiento de pérdida, no se redujo la tristeza por tu futura ausencia, no se pudo evitar el remordimiento por prever el nefasto suceso, no se aminoró el contrito sentimiento de no volverte a ver, no se aplacó el sentirse apenado por no volver a escuchar tu rasgar de las puertas, no se debilito la pesadumbre al saber que no volveríamos a verte tan blanco como el algodón.

Resulta reconfortante, en una minúscula forma, saber que dónde ahora estás, te encuentras suelto de ataduras, libre de necesidades y cosas banales. Regocija saber que tu espíritu se encuentra en paz y que tu cuerpo descansa. No me atrevo a decir que moriste porque para nosotros vives, tu existencia y tu ejemplo moran con nosotros, vives conmigo, permanece en nuestros corazones y está permanentemente en nuestra memoria.
Aunque no regresaste de tu paseo de la vuelta de la esquina, sabemos que en algún momento nos volveremos a encontrar y ladrarás y saltarás de alegría al vernos, querido perro-conejo.