Y pasan unos segundos.
Y pasan unos minutos.
Y pasan las horas.
Y pasan los días.
Y pasa una semana.
Hoy, por mi ventana, veo las nubes pasar; desdibujando la negrura de la noche, como así pasa el tiempo modificando mi vida. Y siento.
Sí, siento muchas cosas. Siento el aire entrando por mi nariz, haciéndose espacio hacia mis pulmones. Siento la húmedad de está ciudad abrazando cada espacio descubierto de mi piel. Siento vibrar en mis pupilas la imagen viva de la danza de las nubes. Siento, inclusive, el ávido palpitar de mi corazón dentro de mi pecho.
Siento, sobretodo, el peso de los recuerdos que bañan mi mente; y siento la envergadura de la lógica y la razón haciéndose espacio en mi interior. Siento a las interrogantes reclamando y retumbando en mi cabeza. Odio cuando esto ocurre.
¿Será que tomé la decisión correcta? ¿Por qué tardo tanto en llegar a lo que anhelo? ¿Será qué está pronto a suceder? ¿Por qué hice las cosas que hice? ¿Por qué no hice las cosas que dije haría? ¿Será que debí hacer algo diferente? Y siento...
Siento a la inseguridad tomar el control; siento al arrepentimiento derrocar mi razón; siento al miedo coger el timón. Odio cuando llego a este punto. Siento que todo lo que soy es drenado a nada; como el café, que me acompaña esta nublada noche, es drenado en mi cuerpo a la nada.
Siento que ahora no podré hacer nada, siento que ahora no podré pensar en nada. Pensaré en ello mañana... Mañana será otro día... Mañana sabré qué hacer...
Pensaré en ello mañana.
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